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«No solo los humanos rezan… A ciertos arcángeles, les pone ese tipo de adoración».

—Jerathel Robbins.

Del universo 'Ángel del Destino'.

🖤 Héroe moralmente gris
🪽 Identidad oculta
🔥 Slow burn
🌑 El monstruo interior
⚔️ Found Family

Jerathel: Cazador de Ángeles y Seres Impíos

No todos los ángeles salvan.
Algunos te reclaman.

Él debería estar muerto.
Pero sobrevivió… y ahora lo quieren.

🔥 Romance paranormal oscuro
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PRÓLOGO


San Francisco – 2021

—Recapitulemos.

El psiquiatra se aclaró la garganta para disimular su incredulidad.

—Dices que ni tus amigos, ‘los ángeles’ —resumió, haciendo un gesto entre comillas con los dedos—, creen que eres acosado por un ente del más allá.

—Sí. No. —Dudó—. ¡Espere! —Robbins entró en la cuenta de lo que estuvo diciendo la última hora.

El hombre de gafas, sentado frente a él, lo observaba con ojo clínico. Mientras que una chica de cabellos cortos y ojos de un violeta imposible le saludaba con una mano.

—No es lo que piensas. —Robbins empezó a negar con las manos entre las risas de la chica que nadie más podía oír.

«Me van a internar por esto», pensó agrio.

— ¿Y qué estoy pensando? —preguntó el psiquiatra con genuina curiosidad.

Robbins se pasó la mano por la cara y los cabellos.

—Entiendes que me refiero a mis compañeros de la estación como ángeles. ¿Verdad?

«Te patearé el culo, Azel».

Robbins clavó su fría mirada azul, sobre los ángeles cazadores que observaban atentos a espaldas del psiquiatra. Eran completamente invisibles al ojo humano, ya que ellos jugaban con la percepción humana, a diferencia de la angelita que no dejaba de burlarse de esa situación; ella era imperceptible para el grupo.

«Espera a que termine aquí». Sus ojos se estrecharon en Azel.

— ¿Jerathel?

El psiquiatra lo nombró con total calma, algo que en realidad no sentía. Se empezó a agitar por dentro, debido a la penetrante mirada que percibía de su paciente, la misma que pasaba de la calma a la ira y viceversa durante toda aquella agotadora sesión. Tras la cual, tendría que cambiarse de ropa, debido a que estaba mojado de sudor frío.

Robbins se mantenía enfocado en Azel, con un aura un tanto asesina. Prestar atención a su acosadora no le daría ningún beneficio. Y lo peor era que, no se percataba de la ansiedad que causaba al humano que tenía en frente.

—Odio ese nombre. ¿Sabes? —Casi susurró, lento, agobiado—. Me provoca desaparecer cosas —. Frunció el ceño hacia la angelita que trató de alcanzarlo.

Una amenaza de muerte para los simples mortales; una cháchara sin sentido para ella.

El hombre dio un cabeceo, como si hubiera comprendido lo que aquejaba a Jerathel Robbins.

—Parece que estás lidiando con un signo claro de estrés postraumático. —Realizó algunas anotaciones en su libreta con pulso frío, ganado de la práctica de su profesión—. ¿Por qué no hablamos sobre las experiencias que te han marcado a lo largo de tu vida? Empecemos por algo reciente.

La atención de Robbins pasó al sujeto de gafas y parpadeó.

«No podré explicarlo de nuevo, menos con esa loca aquí», pensó Robbins.

—Ya hablamos de la vez que Azel me rompió la pierna al esquivar una bala. —Hizo un recuento con los dedos—. Y de cuando el padre de la novia de Azel vino a comer escabeche de pescado, él mismo lo preparó —aclaró, haciendo una pausa—. Debería ser criminal pedarse[1] sin control. No he vuelto a comer pescado desde entonces.

—Jerathel Robbins en su segunda consulta con el psiquiatra a petición de Azel.


Montes Urales – Rusia

Ella corría a través de árboles espinosos, cada vez más cerca de la oscuridad, el dolor de sus alas arrancadas reptaba hasta lo más profundo de su ser, y el olor ferroso se incrustaba en sus fosas nasales con saña.

—Te encontraré de nuevo, Chloe —susurró una voz masculina no muy lejos de ella. Era amenazante, viciosa, soberbia.

Al mismo tiempo, algo furioso, horrible y maligno provocó destrucción a pocos pasos de ella.

Su fuerza de voluntad se hacía cada vez más débil. El vapor salía de sus labios, su garganta quemaba y el sudor se escurría por su piel.

La estaba alcanzando.

Sus piernas empezaban a flaquear en aquel bosque olvidado.

— ¿Chloe?

Una nueva voz masculina surgió frente a ella, era como la luz de un faro, que iba en su auxilio, era su paz, su refugio.

—Despierta —insistió la nueva voz.

Dos garras arañaron su espalda, provocando que escapara un chillido de su garganta.

—Despierta.

La estaba alcanzando, no podía más. La pesada garra la capturó de sus cabellos dorados, de cuando ella era un ángel. El apretado puño la arrastró hacia atrás.

— ¡Chloe!

Ella abrió los ojos con un jadeo brutal, su cuerpo estaba sentado sobre una cama; su espalda recta, mientras un ardor inexplicable quemaba la piel de su espalda, que ahora se iba cubriendo de sudor.

Le tomó preciosos minutos lograr calmar su respiración agitada.

Su padre, un tipo corpulento con la cabeza rapada y cubierto de tatuajes en el cuello y brazos, la samaqueó de los hombros.

— ¡Hija! —Gruñó con el rostro tenso—. No despertabas, ¿qué pasó?

Ella negó con la cabeza. Su mirada color chocolate se agitó, su cabello corto estaba pegado a su piel.

—Me está cazando —susurró con la voz rota—. Creo que me encontró. —No se sorprendió al revisar su espalda y descubrir que tenía surcos de sangre. El sueño que había tenido no había sido tan ficticio, después de todo.

Su padre apretó los ojos con fuerza. No era fácil. No tenía forma de ayudar a su hija; alejarla del monstruo que iba tras ella resultaba casi imposible.

—Prepara tus cosas, nos largamos.

Por el momento, era lo menos que podían hacer. Alejarse lo más que podían, para estar fuera del alcance de los ángeles renegados que iban por Chloe. De ese monstruo.

Su hija, era un ángel atrapado en el cuerpo de una humana, una que había muerto hace meses en un bosque lejano. Era la única forma de sanar las cruentas heridas que sufrió, todo a manos de un grupo de ángeles que, bajo la fachada de cazadores, iban tras angelitas para incautarlas y esclavizarlas.

Su único propósito era fecundarlas a la fuerza para aumentar la raza.

Fue pura suerte que Chloe hubiera podido escapar durante un ataque al campamento de esos malditos.

La guerra civil angelical había comenzado para alivio de padre e hija. Lo único malo, era que no podían dar por terminada esa pesadilla.

Capítulo 1

 «Mantenga todo objeto punzocortante fuera del alcance del paciente. Y notifique en cuanto perciba conductas autolesionantes. Deberá tomar las siguientes dosis hasta su siguiente consulta».

—Prescripción del psiquiatra de Jerathel Robbins.


San Francisco – A pocas cuadras de Union Square

Luego de la infructuosa consulta con el psiquiatra, en la que Robbins casi asesina a sus compañeros. Terminaron dirigiéndose a los suburbios de la ciudad para atender un caso especial.

La toma de los medicamentos quedó bajo discusión, al menos, hasta terminar con esta misión.

—No lo entiendo —murmuró Robbins, mientras era embutido dentro del equipo de seguridad destinado al escuadrón antibombas—. En serio, necesito una siesta, acomodarme en posición fetal y comer muffins. Mi nuevo psiquiatra piensa que me pegaré un tiro en cualquier momento. Evans era genial —se quejó—, ¿por qué no puedo volver con él?

—Se cambió de dirección con prisa, supongo que ya sabes la razón.

Azel no tenía corazón para decirle la verdad, que el pobre Evans terminó ingresado en una unidad psiquiátrica. Poco después de publicar un libro con las memorias de Jerathel.

«Entrevista con un ángel», se titulaba.

Y era cierto que cambió de dirección, ahora residía en el psiquiátrico. El error del sujeto: enviar una copia que terminó en manos de Azel.

Saraqael, una angelita de armas tomar, ajustó el traje, disfrutando el proceso de manipular el masculino cuerpo de Robbins.

—Estás listo. —Su sonrisa coqueta provocó el ceño fruncido de Robbins y eso era raro en el humano que solía coquetear con cuanta chica se le cruzase en el camino—. Oh, vamos, es para mantenerte seguro.

—Moriré con esto. ¿Lo sabías? —gruñó.

Azel se acercó y palmeó el hombro de Robbins.

—Esto te ayudará a reducir el estrés y mantenerte a salvo de cualquier ataque.

Robbins apenas logró maniobrar los brazos; al intentar caminar, parecía la perfecta imitación de un pingüino.

Las risas surgieron en cadena. La alegría colectiva no afectó el ceño fruncido del detective.

—Azel, no estoy mintiendo. —Robbins entró en desesperación—. Fue ella la que puso el tocino en mi plato. ¿Por qué me comería tocino hervido? En serio, no sabes comer tocino. Es un acto criminal que debería pagarse con la cárcel.

Azel cocía su tocino con agua, su consorte decía que así era más sano. Él tenía esa debilidad con el amor de su vida, desde un inicio fue así.

No se arrepentía.

—Jefe. —Luriel, el segundo al manto, se acercó al oído de Azel—. ¿Seguro que no está loco? —susurró furtivo.

Azel dejó salir un suspiro y señaló el auto.

—Entra Jerathel, no tenemos tiempo. El resto, rodeen las coordenadas. Nos veremos en 15 minutos en la posición.

Tenían una misión de cacería estándar. Enviar al infierno a un par de ángeles caídos; según el reporte, no pasaban de los cien años. Los jóvenes rebeldes no eran tan raros, al menos, no en estos tiempos en donde todo era cuestionado. Más bien, se decía que iban en aumento.

Los ángeles se desmaterializaron. Azel ingresó al auto para conducir hacia el lugar, ya que para Robbins resultaba imposible hacer cualquier otra actividad, aparte de respirar.

—Sabes que esto es una locura ¿verdad? —Gruñó Robbins—. Las raras veces que me arrastraste a esto, me fue bien en los tejados. Ya sabes, agudeza visual 20/10[2], especialización de tiro a largo alcance y bla, bla, bla…

—Cuando te invité a venir con nosotros desde el otro continente, asumí que rechazarías la oferta y te perderíamos del radar —dijo Azel de la nada, su mirada se mantuvo al frente—. Decidiste seguirnos sin importar lo que dejaste atrás. —Lo enfrentó por breves segundos—. Ahora eres mi responsabilidad, no quiero meterte a un sanatorio.

Como el buen psiquiatra que empezó a hablar de más.

Robbins frunció los labios. Sus ojos azules lagrimearon por la impotencia de no poder acusar a la chica de corta melena oscura, que los observaba desde el asiento trasero.

Su mirada violeta era de un tono imposible para un humano. Estrechó sus ojos en una sonrisa vanidosa, mientras lo saludaba con los dedos; apenas si llevaba puesto un vestido blanco vaporoso que parecía flotar, al igual que sus cabellos.

Nadie la notó minutos antes, ni siquiera Azel. Solo él, como siempre.

«Odio el violeta», refunfuñó Robbins para sí.

—Te juro que esa chica es real —insistió, luchando por un último intento—. Hasta Clever me creyó. —Nombró al nuevo psiquiatra—. Me iba a ayudar a cazarla.

Azel se rascó el mentón.

—Asumió que estás estresado y necesitas actividades al aire libre para no pegarle un tiro a alguien o a ti mismo.

Robbins se miró, giró la cabeza hacia Azel y soltó un bufido. Terminó pegando su cabeza contra… no alcanzaba el respaldar del asiento.

—Maldito traje de pingüino.

Azel detuvo el auto, antes de salir con sigilo.

«No te alejes de aquí», ordenó de forma psíquica, materializando su espada de acero angelical. La hoja blanca brilló contra la luz de la luna.

Robbins rodó los ojos.

«Hablaremos después sobre esa actitud rebelde».

—Púdrete —lanzó Robbins a la chica cuando ésta le mandó un beso volado, ignorando por completo a Azel.

El ángel cazador meneó la cabeza con negación. Materializó sus alas salpicadas en oro y realizó un despegue vertical.

«Jerathel, ellos no te comprenden como yo. Déjalos, ven conmigo», la femenina voz espectral resonó en la mente de Robbins, provocándole un respingo.

—Ya te lo dije, me quedaré aquí —susurró bajito—. Y para tu conocimiento, estoy vivo, no tengo planes para morir. Ni siquiera me gustas. Vete, ¡chú!

La chica lo fulminó con la mirada, era la enésima vez que era rechazada. Su cuerpo se desvaneció segundos después. Robbins deseó que esta vez hubiese captado su directo rechazo.

No fue así.

El aroma a fresas y algodón de azúcar lo rodeó.

Segundos después, una mano espectral apretó la bocina de la patrulla y encendió las sirenas ante la mirada descojonada de Robbins. Pese a que las apagó con mucho esfuerzo, el daño ya estaba hecho.

—Por todos los santos, Azel va a matarme.

Momentos antes, en la zona del operativo.

A unos metros de la patrulla, en el centro del terreno baldío, Azel y su equipo rodeaban a dos ángeles caídos que parecían perdidos en la sobredosis de alguna droga de diseño. Sus cuerpos desgarbados sobre un sucio colchón, los dejaba ver como simples drogadictos.

No lo eran.

El arsénico hacía un bonito trabajo en los ángeles.

Azel y Luriel maniobraron sus armas sobre aquellos dos para decapitarlos. Saraqael y Baruch encontraron un montón de cuerpos destrozados en una esquina, lo que desmentía la docilidad de los dos ángeles.

«Ahora».

Ambas espadas cortaron al mismo tiempo que Dai, otro cazador, encontró un acceso subterráneo, la vieja carcasa de un Lamborghini fosforescente era la entrada.

«Jefe, creo que encontré algo».

Un bocinazo seguido de las sirenas de una patrulla retumbó a unos metros y el infierno se desató.

— ¡Son más de la cuenta! —Ladró Dai, lanzándose fuera de la entrada subterránea.

La carcaza fue succionada con violencia y la tierra empezó a desmoronarse bajo sus pies. Los ángeles cazadores realizaron un despegue vertical abrupto, mientras docenas de manos se estiraban desde la tierra, para arrastrar con ellos todo lo que estuviera a su alcance.

— ¡¿Qué demonios es eso?! —Saraqael colgó sobre su hombro un lanzagranadas para optar por un par de dagas.

El resto imitó la acción.

No eran ángeles caídos los que se escondían bajo tierra, eran… no-vivos.

Solo un demonio podía ser el artífice de tan horrorosa escena. Y la masa de cuerpos desbordada se encaminaba hacia la maldita patrulla, la misma que empezó a cacarear de nuevo.

— ¡Jerathel Robbins! —gritó Azel con furia.

Por su parte, Robbins salió del auto con esfuerzo, abrió la cajuela y sacó un lanzamisiles —regalo de Trevor, suegro de Azel—, al tiempo que se giró hacia el sujeto de gabardina que se materializó a unos pasos a su espalda.

Jaló del gatillo.

— ¡Joder! —El demonio no esperó a que el maldito humano disparara. Las tropas que se materializaron a unos pasos detrás de él, recibieron el impacto—. ¡Contratado!

Robbins tiró el lanzador y se giró para sacar un rifle retrocarga. No llegó a más, uno de los seguidores del demonio se lanzó sobre él y lo apuñaló en el costado. Y si bien la hoja atravesó el traje, la herida no fue letal.

La posición era demasiado vergonzosa para Robbins, con el secuaz rodeándolo por la espalda, el cuchillo lo golpeó varias veces, hasta que empezó a socavar en el traje. Con esfuerzo, Robbins se empujó contra el caído y ambos cayeron sobre la grava. Rodaron envueltos en una maraña de extremidades; aquello causó gracia al demonio que los observaba con genuina diversión.

Empezaron a forcejear, rodando muy cerca a la patrulla, hasta que un arma se disparó e impactó en el neumático más próximo a sus cabezas.

Robbins y el caído se miraron por breves segundos, por el ángulo, se suponía que el arma estaba dentro de la cajuela y ninguno de los dos pudo haberla disparado; el demonio estaba igual de perplejo.

«¿Ese humano es psíquico o una mierda parecida?», pensó el demonio al ver que no había nadie más en el auto.

El resto hacía de mirones en el triste espectáculo que hacía el par. Fue entonces cuando el aroma a fresas y algodón de azúcar los rodeó.

— ¡Que no quiero ir contigo! —gritó Robbins, rodando a un costado, al mismo tiempo que la patrulla retrocedía para aplastarlo.

Azel llegó junto a Baruch, destrozaron a los no-vivos frenéticos que buscaban la patrulla; el resto tenía que acabar con los otros que luchaban por salir del maldito agujero.

El demonio, por su parte, seguía entretenido con el forcejeo entre Robbins y su vasallo, ambos rodaban para no ser alcanzados por las llantas del auto que empezó a retroceder por su cuenta. Hasta que Azel aterrizó sobre el capó de la patrulla y destrozó el motor.

—Se estaba poniendo interesante. —Gruñó el demonio, materializando una espada de hoja negra.

Era acero infernal.

—Eres demasiado puntual para mi gusto, angelito —continuó con sus quejas—. Me dijeron que estabas aburrido de la vida.

Ignorando su monólogo, Azel se lanzó contra él y chocaron sus armas. Los demás cazadores empezaron a acudir a su estela para emparejar la lucha.

Robbins aprovechó esa mínima distracción para aplastar la tráquea del caído, no parecía tan fuerte. Algo que llamó su atención y no lo desaprovechó. Con un cabezazo, aturdió al caído y se hizo a un lado para patear la cajuela cuando otra bala arañó su rostro.

— ¿Cuántas balas le puse a esa cosa?

Entonces, el brillo de la pantalla de un celular cobró vida desde el bolsillo del caído. Sabía que la situación estaba comprometida, por lo que debía pedir refuerzos.

El demonio se aburrió en un determinado momento y materializó sus alas que parecían de murciélago. Las cosas atravesaron a dos ángeles sin que este mirara. Empezó a repetir la acción ignorando a Azel adrede.

—La diferencia entre los dos es muy obvia, joven cría —advirtió el demonio con una sonrisa siniestra—. Deberías aprender a reconocer tu lugar y no entrometerte en donde van a destrozar tu culo de bebé. Supongo que por eso te quieren muerto.

Azel apretó el mango de su espada. En el informe que recibió esa misma mañana, omitieron la parte en la que enfrentarían a un demonio. O habrían derivado la misión a equipos más experimentados, su equipo no era rival para ese nivel de potencia demoniaca. Apenas si llevaba poco más de un par de siglos de vida.

—Hagamos algo simple —advirtió el demonio, invocando a más caídos—. Entrégame a esa pieza de relojería que está mutilando a mis hombres y al chiquillo de allá —dijo, señalando a Saraqael con el mentón y a Robbins—. Y los dejaré vivir, conmigo. O, me los comeré a todos.

Ignorante de todo, Saraqael enfrentaba a los seguidores del demonio con sus dagas, resultaba llamativa a medida que su traje negro paramilitar brillaba con la sangre de sus víctimas.

—Olvídalo. —Gruñó Azel.

El demonio se encogió de hombros. Energía oscura se acumuló en su pecho, provocando que los cabellos de los cazadores se erizaran.

Estaban en serios problemas.

—Lo sospe…

Una poderosa ráfaga los golpeó en un susurro. La cabeza del demonio salió volando tras ser cortada por una espada incandescente, su cuerpo cayó al suelo mismo costal. El fuego fatuo empezó a rodearlo hasta que empezó a arder por completo. La energía oscura salió con fuerza como miles de insectos y se introdujo en un portal de sangre que lo conduciría al infierno.

Todos giraron sus cabezas hacia el origen de aquel descabellado ataque.

—Cuando la oscuridad intenta socavar la luz, ésta siempre encuentra la manera de emerger de entre las sombras. —Gabriel el arcángel frotó sus nudillos y los demás caídos que no escaparon a tiempo, se evaporaron en un suspiro por la onda de su poder purificador.

La energía oscura resultante, fue absorbida en diferentes portales oscuros con destino al infierno.

—Arcángel. —Azel saludó a su superior con una inclinación de cabeza—. Gracias.

Gabriel se encogió de hombros.

—Acabo de volver del otro plano, me sorprendió que tomaras una misión tan peligrosa sin la debida preparación.

Azel parpadeó sin comprender, uno de sus mensajeros había enviado la asignación.

—Pero…

—Hablaremos después —sentenció Gabriel sin esperar respuesta—, estaré en Francia, necesito ocuparme de algo importante.

El arcángel se desmaterializó sin decir más.

Samael, otro ángel cazador que llegó con el arcángel, ayudó a Robbins a ponerse de pie. Sus ojos eran como la plata líquida, un marcado recordatorio de que era un ángel de la destrucción.

Una raza enfocada en la guerra y que raras veces ocupaba el plano terrenal por lo sensibles que eran a los artilugios humanos.

— ¿De verdad no quieres salir con mi hija? —El interés de Samael iba en aumento—. Por ser tú, puedo hacer la vista gorda.

— No, gracias. —Robbins se apartó un paso con algo de asquito.

— ¿Cómo llegaron? —Azel no comprendía a ese par—. Y tú. —Fulminó a Robbins con la mirada—. Me debes una maldita explicación.

—Que no fui yo. —Gruñó el humano con un mohín—. Esa loca se cree la versión angelical de ‘El cadáver de la Novia[3]’.

—Rob me llamó desde un número desconocido, estaba revisando las asignaciones con el Padre —respondió Samael—. Tuvieron suerte.

O no habría respondido.

—Los celulares con reconocimiento facial son una bendición —murmuró Robbins, tirando el aparato a un lado—. ¿Alguien me ayuda a quitarme esta cosa? Casi me muero y necesito aliviar mi vejiga.

Saraqael brincó para iniciar la tarea.

— ¿Alguien que no sea ella?

Azel no entendía qué era lo que ocurría con Jerathel, podía pensar que era cosa de la edad. Entonces, entró en la cuenta de algo escalofriante.

«Él debería tener… Siete décadas, ¿ocho?», pensó con cruda realización.

Fría energía líquida recorrió su columna de ida y vuelta. Su mirada se clavó en su amigo, el cual discutía con Saraqael, ella acababa de pellizcarle uno de los huevos. El humano mantenía la apariencia de un joven que casi llegaba a sus treinta años. Su cabellera rubia no presentaba canas, ni su piel las arrugas típicas de la edad.

«Yo mismo lo analicé», siguió reflexionando. «Y los resultados son exactos, es imposible», pensó en confusión.

El aroma a fresas y algodón de azúcar pasó a través de él con la brisa, esta iba en contra de donde se encontraba Robbins.

«¿Estás seguro de que no existen otras razas de ángeles?».

La pregunta que Robbins le hizo esa mañana, volvió a su mente. Él no sabía de ángeles que pudieran hacerse invisibles ante otros. O que tuvieran ADN idéntico al humano. No obstante, el arcángel Gabriel disfrutaba omitiendo información.

Robbins se giró hacia él, su sonrisa iba muriendo, mientras sus miradas se cruzaban. Sus ojos azules se abrieron de sorpresa, en el mismo instante que una bala atravesó su pecho. Una segunda y tercera fueron interceptadas por Saraqael al interponer su cuerpo.

— ¡Jerathel! —gritó Azel.

Un policía motorizado, tenía la mirada perdida, continuaba apretando el gatillo, siguiendo la caída del cuerpo. Otro ángel, Anael, se lanzó para detenerlo. Sin embargo, Samael, llegó antes y lo redujo. No podían darse el lujo de atacar humanos, mucho menos, matarlos. Y el policía parecía sumido en el limbo.

Azel fue por su amigo, su pecho sangraba a mares, pese a los intentos de Saraqael de sacar la bala. No podía insuflar su energía para estabilizarlo.

—La bala se hunde más, no sé por qué… no puedo…no puedo…

No lo pensó.

Azel lo cargó sobre su hombro y se desmaterializó del lugar.

꒰ঌ ໒꒱

Santa Clara Valley Medical Center – San José

En la sala de urgencias, estaban por celebrar que el día no había tenido emergencias por tiroteos. Faltaban pocos minutos para la medianoche.

Hasta que las puertas del hospital se abrieron con un policía cargando a otro.

— ¡Herida de bala! ¡Pecho! ¡Corazón comprometido! —gritó Azel—. Bala sin salida.

Un enfermero le acercó una camilla, en donde el cuerpo inerte de Robbins terminó recostado. Los médicos se abalanzaron sobre el detective y empezaron con el tratamiento de emergencia, mientras se encaminaban hacia la sala de operaciones.

—Pierde demasiada sangre —advirtió una doctora. Se encontraba encaramada sobre la camilla, aplicando el procedimiento de reanimación.

—Cielos, es sangre dorada… —exclamó una enfermera al examinar el historial de Robbins en una tableta, gracias a la identificación que entregó Azel.

— ¡Doctora Evans, venga rápido!

Azel no entendía lo que ocurría.

 — ¿Qué sucede, Anpiel?

Otro médico se acercó, era un ángel que operaba ahí de encubierto. Escondía sus alas en un subplano para pasar como humano, al igual que Azel y sus compañeros. Su corta cabellera castillo claro y sus suaves ojos color miel contrastaban con su pálida piel, era un tipo que jamás salía al sol.

—Su sangre es de un tipo bien raro. —Trató de calmarlo—. Tenemos suficiente para atenderlo, no te preocupes. Hiciste bien al traerlo aquí.

—Nunca ha recibido un tiro —respondió Azel.

—Deberías encargarte del cabrón…

Una enfermera salió bañada en sangre, provocando gritos y desorden.

— ¡Solo explotaron! ¡De la nada, las bolsas explotaron!

El grito de la mujer dejó fríos a los espectadores.

— ¡¿Qué rayos pasa?! —Anpiel corrió hacia el interior.

Un médico empezó a revisar a la enfermera que gritaba histérica.

«Él es RH nulo[4], necesita a otro donante igual». Fue el mensaje telepático que Azel recibió de Anpiel.

Azel sacó su celular del bolsillo y la pantalla se apagó. Él no veía a la angelita que acababa de tocar su teléfono para chuparle la batería.

—Él estará mejor conmigo —susurró, pese a que Azel no le escuchaba, no podía. Debido a que ella se hallaba cazando en un subplano especial.

Desvió su mirada hacia el interior del pasillo.

— ¿Quién se atreve a retrasar lo inevitable? —Se desmaterializó como el humo para detener lo que sea que estaban haciendo con Robbins.

Él debía morir, así podría llevárselo con ella a su plano. Del que no saldría jamás por romper las reglas, ella solo cumplía con su designio divino.

Azel volvió a sentir ese aroma de algodón de azúcar y fresas; con sospecha, empezó a actuar con cautela. Desmaterializó su teléfono y lo hizo reaparecer en las manos de la recepcionista que observaba horrorizada lo que ocurría.

«Enciéndelo y busca donantes de sangre para el paciente Jerathel Robbins, revisa el grupo de chat ‘sangre para Jerathel’», ordenó de forma psíquica.

La recepcionista parpadeó confundida por unos segundos, se quedó observando la pantalla apagada por algunos segundos. Entonces, sacudió la cabeza y empezó con la tarea encomendada.

El equipo de Azel ingresó y él agradeció la distracción para delegar órdenes.

—Samael, tenemos un problema grave.

—Uno de tus chicos hará pasar el caso como una bala perdida —respondió el ángel—. El humano no recuerda nada de lo que hizo, solo que acababa de salir de franco.

El ángel con ojos de mercurio líquido los ocultaba con gafas envolventes. Se unió al resto al ver que Robbins y su hija recibieron algunos impactos de bala. Nada significativo para un ángel, aun así, quiso ver la situación del humano.

«Creo que un ángel quiere asesinar a Jerathel». Azel le contó lo ocurrido con la enfermera y la sangre. «No logro verla, apenas sentí su olor a fresas y algodón de dulces».

Samael no se detuvo a confirmar sus sospechas. Se encaminó al quirófano con Azel tras sus pasos, parecía un sabueso rastreando la curiosa esencia, encontraron a Anpiel luchando por despertar a los médicos que yacían tendidos en el suelo. Apenas había una enfermera de pie, ella batallaba para mantener con oxígeno el cuerpo de Robbins, mientras se esforzaba por no caer rendida en un extraño sueño.

El mismo que atacó al resto.

La angelita de cabellos negros que Samael vislumbró, se acercó al agonizante cuerpo de Robbins, iba a detener a la enfermera. Deslizando sus dedos sobre el brazo de la chica, iba por su yugular. No iba a dejarla con vida. No esta vez.

—Estorbas —susurró ella.

Samael masculló unas palabras tan antiguas como la biblia y se introdujo en el subplano que la angelita ocupaba. Era un mundo de sombras y luces que desconocía de formas corpóreas normales. En aquel subplano, Samael adquirió una forma monstruosa que alertó a la angelita.

— ¡¿Qué estás haciendo aquí?! —gritó sobresaltada—, ¡aléjate de nosotros!, ¡es mi derecho!

Samael rugió por la fuerza que tuvo que emplear contra aquella angelita y se empujó desplegando sus alas que adquirieron forma de plata líquida. Su puño, en forma de garra, logró impactar en su plexo solar, ante la mirada desencajada de la angelita.

Algo más crudo rugió con potencia y envolvió a la angelita como un escudo. Samael fue expulsado del subplano por una fuerza aterradora y terminó empotrado contra la pared del pasillo que daba al quirófano.

Los médicos empezaron a despertar y levantarse con esfuerzo.

— ¡¿Qué ocurrió?! —exclamó uno.

— ¡No hay tiempo! —gritó la enfermera—. ¡El paciente se nos va!

Azel observaba inmóvil, su rostro pálido. Lo que sea que hizo Samael, devolvió a todos a la normalidad. Ahora, el cuerpo de Robbins parecía encontrarse en un estado más precario, en donde su esencia vital se debatía entre permanecer o abandonar el cuerpo. Se podía deducir por el suave brillo corpóreo que solo los ángeles podían ver. Era el estado previo a la muerte inminente.

—Si no traes un maldito donante, tu amigo será cadáver —gruñó Anpiel, ajeno a las acciones de Samael.

—Ve, yo me quedaré a vigilar. Logré expulsarla —apremió Samael casi sin aliento—. Puede que tarde en volver.

Hablarían después.

Azel volvió a la recepción, encontró a la encargada suplicando por un helicóptero.

—Ella está a una hora en auto, no llegará a tiempo. Es una emergencia. ¡Cielos! —Colgó para llamar a otro hospital.

— ¿En dónde se encuentra? —Azel iría hasta el mismo infierno por su amigo.

꒰ঌ ໒꒱

En medio de la carretera que conducía a la ciudad.

Chloe aceleraba su motocicleta para reducir la distancia entre el hospital y su ubicación. Pese a todo lo que sufrió meses atrás, se comprometió a ser de ayuda y seguir viviendo bajo sus propios términos.

Su celular empezó a timbrar, entonces se orilló y tomó la llamada.

«Necesito calmarme», pensó con la respiración agitada y las manos temblorosas. Seguía impactada por la voz desesperada de la recepcionista.

«Es policía».

«Cayó en servicio».

«Eres su única salvación».

Ella aún se comunicaba con sus rescatistas y equipo médico que la atendió cuando la evacuaron de Rusia, su padre lo permitía; era un medio para vigilar a los ángeles cazadores que iban tras ella.

— ¿En dónde te encuentras? —La voz masculina y seria que surgió del otro lado de la línea la sorprendió.

— ¿Qué?

—Mi amigo, necesita tu ayuda —respondió con la voz cargada de preocupación—. Debo llevarte pronto. No hay tiempo. ¿En dónde estás?

Chloe luchó para salir del caleidoscopio de emociones que amenazó con empañar su cordura.

«Si es policía, de seguro enviará un helicóptero», razonó.

—Por la ribera del lago San Andreas. —Lo pensó mejor—. Espera, te enviaré mi ubicación.

— ¿Eso está a una hora? —Gruñó el hombre del otro lado en cuanto recibió la ubicación.

—Es lo que hay, amigo —respondió ella—, seguiré directo por…

Su teléfono resbaló de sus manos al comprender con quién estuvo hablando. Frente a sus ojos, se iba materializando una enorme mancha de luz que se evaporó en un parpadeo, justo sobre el lago, dejando ver a un ángel cazador vestido de ropa táctica que la localizó y se acercó. Sus alas blancas salpicadas de motas doradas se extendían a su espalda, mientras aterrizaba frente a ella.

—Robbins se muere, eres la única que puede donarle sangre. Es mi compañero, por favor —suplicó Azel, sumido en la angustia—. Soy el detective Azel.

Esas alas despertaron lo peor del secuestro de Chloe, el dolor en sus alas amputadas explotó pese a encontrarse dentro de un cuerpo humano, mientras su lágrimas rodaban por sus mejillas sin control.

Para Azel era la típica reacción humana ante la aparición de ángeles.

—Los demás donantes tuvieron accidentes extraños —insistió él—. Te lo suplico, ayúdalo.

Chloe parpadeó, observando la mejor ruta de escape.

—Te lo juro, te devolveré a este mismo punto, después de que le dones la sangre que necesita, él no es como yo. Se muere. Es humano.

La verdad bañada en toques de canela y bayas la inundó a mares.

—Por favor.

Ella perdió la voz.

Su teléfono empezó a timbrar de nuevo desde el asfalto, en la pantalla emergió la cara enfurruñada de su padre. Sin embargo, el ángel cazador que tenía en frente estaba enfocado en ella.

—Bueno —balbuceó alcanzando su teléfono, necesitaba responder.

Azel no esperó más confirmación, la arrastró con él a un infierno congelado que le arrancó un grito estrangulado. No supo en qué momento terminaron en la sala del hospital.

— ¿La trajiste? —Otro ángel que ella reconoció por su aura de alegría se acercó y la tomó del brazo—. Gracias al cielo, por aquí por favor, este idiota no sabe tratar a las personas. Te juro que estás a salvo y a punto de salvar a un buen oficial.

— ¿Qu-qué está pasando?

—Todo saldrá bien. —Trató de reconfortarla, mientras la conducía hacia una sala de operaciones—. Gracias por ayudar. Todo pasó tan rápido que pensé lo peor. Ustedes son tan frágiles —continuó quejándose.

Chloe no salía de su confusión, giró su rostro ignorando el IV que le colocaron. Del otro lado, logró ver a un joven entubado y conectado a máquinas. Los médicos revoloteaban a su alrededor realizando diferentes intervenciones.

Encaramados en el pasillo, se encontraban otros ángeles, observaban bañados en preocupación, ninguno reparaba en ella realmente.

Nada cobraba sentido.

De alguna manera, ser ignorada fue lo único que la mantuvo cuerda, su tembloroso cuerpo no lograba calmarse. Para colmo, el paciente entró en un paro que fue anunciado por los pitidos de las máquinas y después por la enfermera. Su vacía mirada recayó en Chloe o así lo sintió. Le pareció ver un brillo inusual sobre el cuerpo.

Los ojos de él se aguaron en reconocimiento al enfocarse en ella en un momento que pareció fugaz.

— ¡Apártense!

Una doctora le aplicó dos golpes con electroshock y los latidos volvieron.

— ¡Necesita más sangre o lo perderemos de nuevo!

Por suerte, alguien trajo a otro donante y llegaron dos más en el transcurso de las horas que pasaron. Aseguraban que algo se chupó las baterías de sus teléfonos, como la llamada fue del hospital decidieron correr hacia el lugar para averiguar si era una emergencia. Otro terminó encerrado en el ascensor del mismo hospital después de su chequeo mensual. Tardaron un poco en sacarlo.

Envuelta en incomodidad y sudor, Chole salió de la habitación en donde la dejaron para que se repusiera, no podía quedarse más tiempo. Debía escapar de aquel lugar.

—Gracias, de verdad.

Una mujer muy embarazada se le acercó y la abrazó en medio del pasillo. Su aroma a canela con sutiles toques de trufas la envolvieron, además de esa sensación de felicidad absoluta, que le escarapeló el cuerpo.

También era un ángel.

—Solo hice lo que pude —espetó de forma automática.

En medio de ese caos sensorial, Chloe vislumbró a su enfurecido padre a unos metros de distancia, nadie reparaba en el mastodonte rockero que fruncía el ceño en su dirección.

«Estoy bien, de verdad», pensó con todas sus fuerzas para calmar a su gruñón.

—Te llevaré de nuevo a tu ubicación o a donde me lo pidas —ofreció Azel, cobijando a la otra mujer entre sus brazos—. Estoy en deuda contigo.

Una pareja de ángeles le daba las gracias.

— ¡Azel, todo salió bien!

La pareja se distrajo con uno de los cirujanos que iba con el ángel médico. Chloe aprovechó para escabullirse junto a su padre.

—Estiraré tus mejillas hasta que te quedes como las malditas ardillas —gruñó su padre, cubriendo su cabeza con su enorme casaca de cuero.

Quien los viera, sabría que el motero de tatuajes tribales en los brazos y cuello, de mirada asesina y cuerpo de oso, no podría lastimar a la chica morocha y menuda que se refugió en sus brazos.

—Vámonos, te cuento después.

Azel se percató de la desaparición de la chica, sin embargo, prefirió dejarlo así. Ya le había borrado la memoria sobre cómo terminó en el hospital, lo demás caería por su cuenta.

—Azel. —El llamado urgente de Anabella lo paralizó.

El suelo bajo sus pies estaba cubierto de agua.

— ¡Rompió fuente! —gritó un enfermero.

Anpiel dejó todo lo demás para ocuparse de Anabella. Él era su obstetra y la razón por la que ella acudía a ese hospital para su cuidado prenatal.


[1] Pedarse: [jerga] soltarse gases muy sonoros y olorosos.

[2] Visión 20/10: significa que puedes ver con total nitidez a 20 pies (unos 6 metros), cuando lo normal es de 10 pies (3 metros).

[3]El cadáver de la novia (Corpse Bride, 2005) película animada, dirigida por Tim Burton y Mike Johnson

[4] RHD Nulo: conocida como sangre de oro.

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